miércoles, 10 de febrero de 2010

Cupertino

Diego Beas
ruta66@diegobeas.com
RUTA 66
Reforma

WASHINGTON.- El Superbowl de 1984 no pasó a la historia por ser un partido particularmente emocionante -pocos recuerdan quiénes lo disputaron-. Sí lo hizo, en cambio, por una publicidad en el medio tiempo que inauguró un nuevo paradigma en el mundo de la informática.

Comienza con una larga fila de personas marchando dentro de un túnel. En otro plano, una mujer corre con rapidez con un martillo en la mano hacia un anfiteatro donde se encuentran congregados las personas. Desde una pantalla gigante, un hombre evocativo del "1984" de Orwell, dispensa órdenes. La mujer, perseguida por la Policía, ingresa, lanza el martillo a la pantalla y la destruye. Finaliza con dos oraciones: "El 24 de enero Apple Computer presentará Macintosh. Verás por qué 1984 no será como 1984".



Un golpe publicitario brillante que anunciaba la llegada de la computadora personal, la masificación de la informática y un nuevo mundo digital. Detrás del lanzamiento estaba Apple y la visión de Steve Jobs -por mucho, la mente más aguda de la revolución informática-.

Un cuarto de siglo después, Jobs ha vuelto a lanzar el martillo. Se trata, a primera vista, sólo de una pequeña pantalla táctil rectangular que combina las funciones de un portátil y un teléfono. Pero no se dejen engañar, debajo hay mucho más.

Más allá de la revolución técnica que representa -se han intentado introducir al mercado este tipo de artefactos desde al menos 1993, cuando la propia Apple lanzó Newton-, el iPad se podría convertir en el eslabón que siente las bases de una convergencia digital profunda, definitiva. Quiero decir, el dispositivo que marque el paso de una era en la que la información fluye con diversas restricciones técnicas y está dominada por los caprichos del hardware, a una en la que circula ubicua y libremente de un dispositivo a otro -la mayor parte del conocimiento humano a un click de distancia-.

Quizá suene un tanto megalómano, pero es precisamente lo que Apple intenta con su nuevo invento.



El iPad es la síntesis de tres industrias clave de la economía del siglo 21: la computación, las telecomunicaciones y los medios de comunicación. El dispositivo, escribía The Economist hace un par de semanas, se dispone a transformar el funcionamiento de las tres.

Y de éstas, quizá el caso más interesante es el tercero. Especialmente la prensa impresa. Postrada en una de sus peores crisis en su historia, se encuentra ante la necesidad de encontrar nuevos vehículos de distribución que migren los contenidos análogos a una plataforma digital más económica y eficiente.

El iPad es una primera respuesta de Apple.

Los ingenieros de la compañía la concibieron como una pantalla diáfana que brinda acceso omnipresente al mundo de la información. Consumidos convenientemente desde un terminal central diseñado de manera ex profesa para ese propósito. Con su pantalla en color e integración con la tienda en línea de Apple, escribió The Economist, "el iPad podría hacer que las descargas de libros, periódicos y revistas se vuelvan tan populares como las descargas de música" -otra revolución que también capitaneó Apple al principio de la década pasada-.

Más aún, "dispositivos de este tipo podrían ser el comienzo de una migración generalizada a la distribución digital de contenidos". Es decir, se comienza a vislumbrar de manera realista el fin del dominio centenario del papel como medio predilecto para la transmisión del conocimiento -a este ritmo, resulta cada vez más difícil pensar quién se atreverá a distribuir contenidos en papel en 10 o 15 años-.

"Es tanto más íntimo que un portátil", dijo durante su presentación Steve Jobs, "y con muchas más capacidades que un smartphone". A medio camino entre una potente computadora y un ligero teléfono, el objetivo del iPad es llevar el poder de Internet y sus redes a ámbitos de la vida cotidiana que han logrado escapar de las transformaciones de la revolución tecnológica.

El primer objetivo es cambiar la forma en la que funciona la distribución de libros, periódicos y revistas. Martin A. Nisenholtz, director de operaciones digitales del New York Times, lo decía así en la presentación del dispositivo: queremos fundir lo mejor de dos mundos, el análogo y el digital, "de empujar las fronteras del periodismo".

El futuro de los libros, la prensa y la palabra escrita se rediseña actualmente en Estados Unidos. En Cupertino, California, para ser más precisos.

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